La crisis global es un hecho que ya casi nadie lo niega, y
que incluso estaría en juego la subsistencia de la especie humana como tal o al
menos de quienes no podrían sobrevivir a una crisis climática, y en la que los
más indefensos frente a ello son paradójicamente las sociedades civilizadas, a
diferencia de los pueblos vitales o naturales que siguen viviendo en el
continuum de la naturaleza y que serían
los únicos que podrían continuar con la especie humana. En otras palabras, los
mal llamados pueblos primitivos o del cuarto mundo están más preparados que el
primer mundo para un desate del cambio climático. Ellos tienen los
conocimientos, las tecnologías, los medios, para sobrellevar una crisis global
de tipo terminal. Por ende, ellos tienen las salidas ontológicas,
axiológicas epistemológicas para una
nueva humanidad.
No podemos esperar a que la crisis se desate en toda su
magnitud para recién pretender un cambio. El cambio es irremediable, porque así
no haya una crisis existencial hay una crisis alimentaria, sanitaria, ética,
consumista, que cada día se ahonda más y que obligará a un cambio de
paradigmas. Esto quiere decir que lo que está en crisis es la civilización como
tal, es el modelo civilizatorio que nos ha conducido a este momento, por lo que
no se trata de cambiar de modelo civilizatorio sino de salir de la civilización
como tal. No estamos viviendo un “choque de civilizaciones” (como dice Samuel
Huntington) o “alianza de civilizaciones”, sino la crisis de un sistema de
concepción de la vida y de recreación social que se llama civilización, con su
expresión última el primer mundismo desarrollista.
En este sentido, la crisis ambiental no “es una crisis de
civilización” como señala “el Manifiesto por la Vida, Por un Ética para la
Sustentabilidad (Bogotá, 2002)” sino la crisis del pensamiento civilizatorio
monoteísta que tiene como su nuevo y moderno dios, al dinero. Es la crisis del
paradigma norte-centrista: antropocentrista, patriarcalista, racionalista,
capitalista. No está en crisis la cultura sino la civilización como filosofía
de vida, por el contrario, la cultura como expresión de crianza de la vida se
convierte en la alter-nativa. No está en crisis toda la humanidad, sino la
humanidad “que ha externalizado a la naturaleza, sobreeconomizado al mundo e
hipertecnologizado a la cultura y a la vida” . No está en crisis la naturaleza
sino el pensamiento contra-natura, y en la que frente al cambio climático en
ciernes los que saldrían perdiendo son los hombres civilizados pues los hijos
de la tierra sobrevivirían por sí mismos.
Entonces, llegamos al fondo de todo que son dos paradigmas
diferentes: el paradigma humano que
reproduce a escala humana el sistema de la naturaleza, es decir, de la vida
creada; y por otra parte, el paradigma que contradice o se separa del mundo
sistémico vital. Si no entendemos esto, podremos creer que el problema es: o
solo político o solo económico o solo epistémico o solo civilizatorio o solo
filosófico. Lo cual ha conllevado que desde la academia y la intelectualidad se
recreen nuevas formas pero dentro de la misma matriz (o “patriz”) que es la
civilización y su pensamiento monódico; diferente al “pensisiento”
(pensamiento-sentimiento) tetrádico de los pueblos vitalistas. Por ende, al
buscar soluciones parches lo único que se consigue es generar: un capitalismo
verde, un ambientalismo progresista, un
eco-socialismo… y una serie de posturas que nacen y se recrean desde el
mismo pensamiento contra-natura.
Esto significa que debe haber un proceso de descolonización
mundial que implica: una des-domesticación, una des-dogmatización, un
des-adoctrinamiento y una des-folklorización, hacia las propias culturas
ancestrales primigenias como las de la otredad. De ahí, lo irónico y paradójico
para el primer mundo, que las respuestas a la crisis global está en los pueblos
a los que califican como atrasados, lentos, ingenuos, subdesarrollados. Solo la
humildad y la simplicidad que el norte-centrismo pueda despertar y activar,
para abrirse a lo alternativo que viene desde el sur-global es que será posible
un cambio sistémico. Caso contrario, solo serán reformas dentro del mismo
sistema monoteísta-monárquico, impuesto al mundo como el mejor y el más
desarrollado. La gente alternativa de Occidente ya lo ha comprendido de alguna
manera y han posado sus ojos en estos pueblos menospreciados y rechazados por
el ilustrismo y el positivismo, para entender que estos pueblos son los
guardianes de un conocimiento homeostático y simbiótico. Y desde ahí, están
re-aprendiendo para reconstruir el mundo y recrear la humanidad en un nuevo
estado de la conciencia y del espíritu.

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